AZOFRA.- Todo tieso hasta el peirón, y allí, empieza el camino

Diferentes partes de un peirón. Dibujo de Eduardo Lavilla

A zofra por Eduardo y Eloísa Lavilla
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¿Quieres saber más de los peirones?

Esta estación nos ofrece un privilegio único: poder pasear por las riberas de nuestros ríos y ver el estallido de la primavera en la vega. En uno de esos paseos me acordaba de palabras que se oían antes a los labradores: “huesque” (para que girara la caballería hacia la izquierda) y “pasallá” (para la derecha) en sus faenas de labranza. Y eso me llevó a reflexionar en cómo se marcaban las direcciones antaño y su relación con los peirones.

Los peirones están tan integrados en nuestro paisaje que forman parte de nuestra vida cotidiana. Aquí, en Aragón, hay alrededor de dos mil repartidos principalmente en las provincias de Teruel y Zaragoza, disminuyendo en su número según vamos hacia el norte (en Huesca son más del tipo “crucero”). En las provincias limítrofes, así como en el resto de España se encuentran en abundancia también, con denominaciones muy variadas: como pairón, pilaret, mojón, cruceiro o crucero, cruz de término, humilladero, etc. En la zona de levante es muy común encontrarlos bajo un templete por lo que se les llama creu coberta.

El origen de los peirones se remonta a la Antigüedad. Los menhires podrían ser sus antepasados más lejanos. Posteriormente, en época romana, era frecuente colocar en los caminos una columna con la imagen de Mercurio (quién transportaba las almas al más allá) para que ahuyentara a los espíritus que se creía que rondaban los caminos; también solían levantarse aras (altares) en las calzadas y salidas de las ciudades con el fin de que los viandantes pudieran realizar sacrificios a sus dioses pidiéndoles protección durante el viaje. Además, podemos encontrar cierta relación con los miliarios romanos que marcaban las millas a modo de puntos kilométricos, aunque también contenían señales de dirección hacia las principales ciudades. Una milla romana equivalía a mil pasos, pero el paso romano realmente eran dos pasos tal cómo lo entendemos hoy, pues, se contaba como un paso el ciclo hecho con un solo pie. Con la llegada del cristianismo, este conjunto de elementos se fusionaron y evolucionaron, dando lugar, en época medieval (a partir del s. XII en el caso de Aragón), a lo que actualmente conocemos como peirones. Sin embargo, los ejemplos más antiguos que conservamos datan del s. XVI. De los actuales, la mayoría son de época contemporánea, aunque muchos probablemente sean reconstrucciones de peirones anteriores.

Estas construcciones no son exclusivas de nuestro patrimonio y es bastante fácil verlos por toda Europa. En los países de tradición católica, como es el caso de España, son bastante populares. En Francia se les llama petite chapelle y montjoies, y se observan sobre todo en el sur y a lo largo del Camino de Santiago. En Italia, es más habitual verlos en forma de pequeña capilla y se les llama: capitello votivo o pilone votivo. En Portugal se les llama alminhas y son similares a los petos de ánimas gallegos.

De igual forma, en países de tradición ortodoxa son muy habituales. Se les conoce como: troiță (Rumanía), kuoplīčelė (Lituania) o Поклонный крест (Rusia); que significarían algo así como crucifijo o cruz de adoración. En Grecia tienen una particularidad, y es que en ocasiones su parte superior está coronada con una maqueta en miniatura de la iglesia a cuya advocación se dedica. Se les llama kandylakia (cuya traducción es vela/candelabro, y simboliza la protección que ofrece la luz).

Por otro lado, en el mundo anglosajón y nórdico son menos comunes, ya que, el protestantismo rechaza la devoción a imágenes, por lo que muchos desaparecieron. Sí que pervivieron los cruceros, que reciben nombres como: Wayside Shrine (Gran Bretaña), Wegkruis (Países Bajos) o Flurkreuz (Alemania). También son frecuentes en Irlanda, donde se alzan grandes cruces de piedra decoradas con bellísimos motivos celtas.

Fuera de Europa, podemos encontrar algunos en América, tradición exportada de Europa. Y curiosamente, en Japón, existen un tipo de monumentos muy parecidos a nuestros peirones. Se trata de unos templetes sintoístas, situados en los caminos, llamados hokora o hokura.

Como podéis ver, el peirón está muy ligado a la religión y tiene casi siempre un carácter devocional. Por ello, a veces es costumbre que el día del santo al que está dedicado se haga algún tipo de celebración. Por ejemplo: en Teruel se acude al peirón de San Antón con los animales domésticos para darles tres vueltas alrededor; o, en Sabiñán, que se acude al de Santa Bárbara para bendecir los campos y pedir buenas cosechas (pues se considera que los peirones santifican el lugar, como ocurre con las ermitas). Del mismo modo, se emplean para dibujar el recorrido del Calvario (uno por cada Estación del Vía Crucis). Tenemos buenos ejemplos de ello en Montón (en estado ruinoso) o en Terrer (de nueva construcción). Otro caso particular, son aquellos que están dedicados a las almas del purgatorio, como el de Acered, recientemente restaurado de manera magnífica.

Los peirones tienen asociada una función orientativa, es decir, sirven de punto de referencia. Es por ello que se sitúan en la orilla de los caminos, a la salida de las poblaciones, en cruces y bifurcaciones o sobre cerros con buena visibilidad. Además, servían para encomendarse al santo al que estuviera dedicado y pedir protección para el viaje o las labores que se fueran a realizar. Como por ejemplo, el peirón de Entrecaminos (Romanos) que se levanta en la bifurcación del antiguo camino a Mainar, Villarreal de Huerva y Villadoz; o, el peirón de la Virgen del Pilar (Villalengua) que señala el comienzo de la vía que iba a Villarroya de la Sierra. Así mismo, se usaban para delimitar los términos municipales, es el caso del que se alza entre Calatayud y Munébrega.

Otros tienen una función votiva (son objeto de una promesa), como el caso de las cruces del Calvario de Ejea de los Caballeros, costeado un matrimonio de la localidad para cumplir con una promesa familiar. Del mismo modo, pueden estar construidos con el fin de conmemorar algún hecho o eventos singulares, por ejemplo con motivo de una batalla (el de Cutanda), de epidemias de la peste o cólera (la mayoría de los dedicados a San Roque) o un aniversario (el peirón del Arrabal con motivo de la conmemoración del Bicentenario de la Liberación de la ciudad de Zaragoza). También pueden tener un fin luctuoso (en relación al luto), como en el caso de Bueña, donde se levantó uno en recuerdo de D. José de Cirujeda, fallecido mientras pastoreaba.

En cuanto a su estructura, los peirones tienen una altura de unos tres metros (aunque los hay más pequeños como el de Castejón de las Armas -1’60m- o más grandes, como el de Lagueruela -5m-). La fábrica (cómo y con qué está construido) dependerá del material que abunde en su ubicación. Lo más frecuente es que sean de piedra, ladrillo, o enfoscados simplemente con cemento, lo que estropea su estética salvo que estén pintados. La decoración dependerá del gusto del albañil o del mecenas, por lo que puede ser de lo más variada.

Si lo analizamos de abajo a arriba: en la parte inferior el peirón puede nacer del suelo directamente o de una grada de piedra (curiosamente, en la mayor parte de los casos la grada es de tres escalones lo que podría estar relacionado con la idea de la Santísima Trinidad o con el simbolismo de la tierra, el purgatorio y el cielo).

La columna central del peirón se llama fuste, y generalmente adopta la forma de prisma cuadrado, circular, troncocónico o poligonal. En su parte superior encontramos la parte más importante del peirón y lo que lo señala como tal. Es el templete o edículo, que contiene una hornacina (a veces solo un azulejo) con la figura a la que se dedica el peirón. La advocación más habitual es a una Virgen o un Santo (aunque en el caso de Belmonte de Gracián podemos ver un Buda). Cuando la diferencia entre el fuste y el edículo es inapreciable (están fusionados y sin solución de continuidad), le dan al peirón la forma de pilón, recordando a los menhires o a los miliarios romanos, pero conteniendo siempre una hornacina o similar.

Por último, señalar que la parte superior puede tener un pequeño frontón con alguna decoración. Además, casi siempre están coronados por una cruz. Si se restauran (y, si hay suerte y se conserva), es costumbre reutilizar la cruz antigua en el nuevo, y así, de manera simbólica dar continuidad.  

A día de hoy, es muy común ver que muchos de estos peirones muestran dos aspectos: pueden estar más o menos conservados o se hallan en condiciones lamentables. Al respecto cabe señalar que la Ley 3/1999 de Patrimonio Cultural Aragonés los declara como Bienes de Interés Cultural, reconociendo que, aunque sean modestos en apariencia, los peirones y cruces de término son una parte importante del patrimonio cultural de Aragón y que, debido al modo de vida actual, tienden a desaparecer. Tanto es así que, la Diputación Provincial de Zaragoza llevó a cabo la restauración de una veintena peirones por toda la provincia en 2004. También han sido numerosos ayuntamientos, asociaciones vecinales o cofradías las que han puesto voluntad y medios para mantenerlos en pie. Labor muy encomiable, pero, que en algunos casos tuvo escaso éxito histórico-artístico, como ocurrió con la poco afortunada restauración de la cruz de término medieval de Bergua (a pesar de todo, hay que valorar que, al menos, sigue ahí y no ha desaparecido). Del mismo modo, en la plataforma SIPCA (recoge un inventario de todo el patrimonio aragonés) existen fichas detalladas de algunos de ellos, alrededor de ciento cincuenta (por lo que faltan muchos para los más de dos mil que existen).

Finalmente, en algunas ocasiones se construyen nuevos peirones, principalmente con el objetivo de conmemorar algún tipo de evento. Esto me lleva a plantearme si deberíamos en estos tiempos alzar un peirón en memoria del hecho histórico que estamos viviendo, como ya se hizo antiguamente con motivo de las pandemias del cólera, la peste o la gripe española. Reflexión ésta muy interesante para meditar en mis próximos paseos por la vega.

  Peirón de San Jorge. Terrer

BIBLIOGRAFÍA:

GASPAR, José Ramón. “Cruces, Cruceros y Peirones en las Cinco Villas de Aragón”. ED Centro de Estudios de Las Cinco Villas. 2016.

MARGALÉ HERRERO, Rafael y TAULES Esteban, Irene. “Peirones, Cruceros y Zoques en las Comarcas Oscenses Jacetania y Alto Gállego”. Ed Asoc. Sancho Ramírez. 2014

MARGALÉ HERRERO, Rafael y TAULES ESTEBAN, Irene. “Cruceros, cruces, pilares y esconjuraderos de la Comarca de Sobrarbe”. Centro de Estudios de Sobrarbe. 2019.

MARGALÉ HERRERO, Rafael y otros. “Los peirones en las comarcas del Jiloca y Campo de Daroca”. Colección El patrimonio olvidado, nº 1. Centro de Estudios del Jiloca. 2002.

MARTÍ FORNIES, Francisco. “Inventario de los Pilarets y Cruceros de Ribagorza”. Ed Pirineo.

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