CULTURA.- “Mimín, el pastor del Cerro de Bámbola”

Vivencias para una crisis por Manuel Martín Bueno
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Jerónimo López Zuera, el pastor que conoció a Adolfo Schulten


El día 5 del pasado mes de octubre de este año 2022, recibimos la triste noticia de que D. Jerónimo López Zuera había fallecido a sus 95 años de edad. Al siguiente día, el 6 de octubre en la Basílica del Santo Sepulcro se celebró la ceremonia de “corpore in sepulto” para seguidamente trasladar sus restos mortales al tanatorio municipal y ser recogidos posteriormente por sus allegados directos en la urna correspondiente, con el posterior destino deseado por nuestro recordado “Mimín”, nombre con el que fue conocido siempre ”el pastor del Cerro de Bámbola”.

Corría el año 1965, era verano, julio para mas inri.  Pocos días antes habíamos viajado desde Zaragoza a Calatayud, tres jóvenes estudiantes de la Universidad de Zaragoza, Concha Blasco Bosqued, Guillermo Fatás Cabeza y yo mismo, Manuel Martín-Bueno, con D. Antonio Beltrán Martínez, Catedrático de la Universidad de Zaragoza, en su Seat 600, con destino al Instituto Miguel Primo de Rivera, donde nuestro “jefe” presidía el tribunal de reválida de 4º del Bachillerato de entonces del Plan del 52. Llegados al Instituto D. Antonio nos señaló la carretera del cementerio a las 3 de la tarde y nos dijo, tirad para adelante y allí, señalando al Cerro de Bámbola, a la izquierda está Bilbilis, donde nació Marcial, etc., etc. Luego regresáis y a la noche volvemos a Zaragoza que yo tengo que examinar.

Previsoramente uno, que era y es boy scout, llevaba una cantimplora, los otros dos compañeros no, pero aquel litro de agua, de templada a caliente, tuvo que durar toda la tarde y vaya si duró. Llegamos a Bilbilis subiendo por la ladera del monte a pelo, porque no conocíamos el camino. Recorrimos el paraje subiendo y bajando, identificamos algunas pocas cosas, recogimos algún fragmento de cerámica roja con relieves figurados, la terra sigillata romana, nos detuvimos en un monte central (Santa Bérbara) que tenía una explanada con buenas vistas y sin llegar a la cima, a la caída de la tarde regresamos, mascullando bastantes cosas sobre la idea de haber puesto una ciudad allí arriba.

A lo lejos, a la sombra del cerro, pudimos ver un rebaño de ovejas con un par de perros y un pastor que apoyado en su bastón  y haciéndose sombra con la mano nos divisaba desde lejos, la cosa no pasó de ahí.

El regreso, a pie como en la ida fue penoso y cansado, D. Antonio nos recibió con sorna y dijo algo como, ese es un sitio importante que habría que estudiar. Yo en mi fuero interno ya había sido tocado por una varita mágica, seguramente un rayo del mismo Júpiter porque quedé prendado del lugar, de su aspereza, de la cuesta para subir y bajar y por la imagen de aquel pastor al que no nos habíamos acercado, pero prometí hacerlo en otro viaje porque seguramente era el depositario de muchos arcanos sobre el lugar.

Unas semanas mas tarde mi padre me prestó su coche, un Renault 4-L para regresar a Calatayud y subir a Bilbilis dejando el coche en la fuente de Huérmeda, por el camino del Barranco de los Sillares. Fue el comienzo de una historia que no ha terminado todavía.

Pasé todo el día por el monte tomando notas, haciendo fotografías y buscando al pastor que no era difícil de encontrar, con sus ovejas, su pareja de perros, su boina negra calada, su zurrón a la espalda y su gayata. Desde el primer momento el Mimín me atendió amablemente, con la sorna tradicional, la suya: Chaval, tú eras uno de los que vino hace unas semanas por la tarde con toda la calor, no es así. Si claro. Vaya ocurrencia la de subir con toda la calor y monte a través, hoy veo que te han dicho que había camino.

Estábamos en el centro de Bilbilis, en lo que eran las viñas, si las viñas, del Boni (Bonifacio), las mejores de Bilbilis. En algunas tablas había otras e incluso alguna tabla cultivada con centeno o cebada, los perros a la sombra por supuesto. El Mimín me explicó cosas como que aquello era la “cárcel”, ahí abajo la ermita de Santa Bárbara (la gran cisterna del foro bilbilitano), allí arriba San Paterno; en septiembre son las fiestas, si vienes hay que subir por la tarde y pasar la noche alrededor para pedirle cosas que dice la gente que concede, aunque, no sé, no sé. Aquí debajo de esta tabla estaba el teatro, porque esta ciudad tuvo un teatro en tiempos de los romanos, o eso dicen. Allí arriba hay buenas vistas, pero mejor por la mañana, un casetón donde mana agua, nunca falta (cisterna de la parte alta donde se acumulaba agua de lluvia).

Con estas conversaciones y muchas otras  a lo largo de los años el Mimín me escrutaba, me contaba cosas, me preguntaba otras, me miraba con detenimiento, me ofrecía una bota que sacaba del zurrón, vino recio el de Huérmeda, vaya si lo era, agua o incluso un trozo de pan con tocino entreverado de su almuerzo. Poco a poco, lentamente fuimos cogiendo confianza. Vaya, ¿otra vez por aquí chaval?. Parece que te gusta esto, mira allí en aquel muro caído a veces cuando llueve aparece alguna moneda, la gente viene a buscar, con su picoleta, a coger te de roca o caracoles, bueno, aquí son mas grandes blancos y con rayas marrones y se llaman “cabrillas”.

Hubo hace muchos años, me dijo, cuando yo tenía unos siete años que vinieron unos alemanes. Hablaba del año 1931-32,  y del arqueólogo alemán Adolfo Schulten, de la Universidad de Erlangen acompañado del General Lammerer, del Servicio Imperial de Topografía de Prusia. Estaban recogiendo documentación del Celtiberia, años antes habían trabajado mucho tiempo en Numancia y ahora visitaban Bilbilis, para ver si sacaban algo en claro. Les gustó, hicieron algunos planos que se han perdido con el tiempo en la II Guerra Mundial, les sedujo Huérmeda y su población, que les invitaba a merendar pese a su escasez de medios. Schulten habla en su obra: “Bilbilis la patria de Marcial” (Biblioteca Gracián) de algunas cosas, pero el Mimín pese a su corta edad recordaba mas de aquellos tiempos; por ejemplo que el chorizo, el vino y los guisos de cabrillas y caracoles les gustaban a aquellos “sabios un poco raros”. Les extrañaba la simplicidad y pobreza de los lugareños, el Mimín me dijo que una tarde, cuando ya habían cogido confianza en el pueblo, reunieron a la chiquillería, sacaron unos aparatos de una cartera y les fueron midiendo la cabeza y anotando cosas. El bueno de Schulten estaba examinando si aquella población respondía o no a las exigencias mínimas de una raza aria, ya que podían ser descendientes directos de los celtíberos o lo mas parecido. Evidentemente comenzaban los estudios sobre la pureza de las razas europeas en relación con la aria que tantos disgustos ocasionó al continente pocos años después. En España siempre se tuvo una opinión muy positiva de Adolfo Schulten, pero nadie citó nunca estos aspectos menos positivos, está claro que en la época franquista era menos popular hacerlo.

Siempre nos ha unido, hasta su muerte, al Mimín conmigo y con las gentes de mis equipos, unos cuantos cientos, en bastante mas de medio siglo, una relación de amistad, en este caso casi de familia, que nos ha enriquecido. Un día me trajo un esquilo fabricado manualmente por su padre, con el que se tocada a rancho en las sucesivas campañas de excavaciones. Se conserva como un tesoro.

Entre él y yo hablábamos de la ciudad de Bilbilis, que había pasado de ser celtíbera a romana y municipio en época de Augusto, de estudiantes e investigadores que habían pasado por allí durante decenios, casi unn siglo, de los colegas visitantes a quienes le presentaba. Gustaba de acercarse cuando barruntaba que había visitas de importancia, así lo tenemos fotografíado con sabios profesores italianos, franceses, alemanes, portugueses y de otras nacionalidades. Aparece en reportajes televisivos como uno mas de las cuadrillas. Siempre estaba allí vigilando. Hablábamos de los espacios y monumentos de Bilbilis, de cómo vivieron, de donde se enterraban, de las termas, de lo abandonado que quedaba cuando nos íbamos y de que él vigilaba para cuidar de que la gente no cometiera desmanes ni hurgara con los detectores cuando se pusieron de moda. El Mimín era el guardián de facto del Cerro de Bámbola.

Le preocupaba la muerte, me preguntaba directa o indirectamente de los ritos de los romanos y de si allí se podía enterrar uno si lo desease. Yo le hablé de inhumaciones y cremaciones. No le convencía demasiado lo de la cremación aunque al final de su vida le comunicó a sus hijos Isabel , César y Teresa, que su voluntad era la de que lo quemaran, como hacían los antiguos porque lo había pensado mucho y mucho habíamos hablado él y yo mismo en Bilbilis de todo eso. Cuando estuvimos excavando algunas zonas de necrópolis, con inhumaciones y otros enterramientos en urnas, estaba siempre presente y su cacumen reflexionaba.

Su obsesión, cuando ya la edad le impidió subir al monte con las ovejas, era preguntarnos como iban las cosas por allí arriba. Le apenaba que no se invirtiese en proteger y en restaurar; mire que aquí los días de fiesta y los que no lo son viene mucha gente y pregunta, se quejan de que está muy abandonado. Es cierto, le decíamos invariablemente, pero algún día la cosa cambiará. No lo veré decía y así ha sido, pero el Guardian del Cerro como le llamamos seguirá vigilando desde las alturas, mientras espera a que su esposa Dª Isabel Blasco Ibáñez le acompañe en el otro mundo, él vigilará como siempre hizo, la ciudad en la que nació y murió Marcial, el Cerro de Bámbola, el Jalón, el Foro y el paisaje del valle seguirán estando impregnados del espíritu del Mimín, el pastor huermedino al que Schulten le midió el cráneo para comprobar si podía ser descendiente de los arios que buscaban entre los celtíberos del siglo XX.

MIMIN, OPTIMVS AMICVS, CLARISIMVS VIR, SAPIENTISIMO BILBILITANO, S.T.T.L.

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