El Picado

Leyendas de Calatayud por Carlos De La Fuente
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Esta tierra celtíbera, ruda, fértil y belicosa; fue famosa en época antigua por su excelencia en la fabricación de armas. Marcial en su nostálgico recorrer por sus añoradas tierras bilbilitanas, ya hace mención de sus elaborados hierros cuando escribe:



“...por el Jalón, aunque escaso, bullicioso
dando a sus armas acerado temple”



Pero no sólo él, otros autores cantaron lo sobresaliente de las armas bilbilitanas como el Duque de Rivas o Argensola, y la nombradía de éstas alcanzaría hasta bien entrado el siglo XVIII. Precisamente en ese siglo de las luces, uno de los más célebres armeros fue el cerrajero llamado el Picado. Decían las gentes del momento que el secreto de su técnica consistía en enterrar el hierro, preparado con fórmulas que sólo él conocía, en una heredad suya que se hallaba en el áspero término de Armantes. Nos gustaría mirar por el ojo de la cerradura, a más de uno de nosotros, para saber en qué consistía tan enigmática elaboración y dónde se hallaba dicho terreno.
Calatayud, por ser ciudad principal y punto estratégico de gran relevancia, fue también lugar de parada obligatoria de tropas. Precisamente un coronel de caballería, que se encontraba con su guarnición en nuestra ciudad y al cual habría que imaginar un tanto jaque y altivo, atraído por la fama y destreza del bueno de el Picado decide encargarle un buen sable. El armero, conociendo su propia valía, pone precio alto al capricho del aguerrido militar y éste, ofendido por la desorbitada cantidad, intenta ningunear al armero diciéndole que “en Toledo podría, con ese mismo dinero, comprar él un sable de los buenos”.
El cerrajero, molesto con las palabras del coronel, le espeta con franqueza y espontaneidad aragonesa, que prefiere romper el arma que venderla por un precio menor. El Picado airado pues, deja su taller y en plena calle, alzando el sable al aire con inusitada fuerza, lo hace chocar contra un poste de piedra que se situaba al lado de su oficina. Sorprendentemente, tras extraerlo del duro guardacantón, el sable no había sufrido hendidura alguna en su brillante hoja, lo cual despertó la admiración de todos los que allí se hallaban. El coronel, dándose cuenta de su error y teniendo ante sí un arma digna del mejor de los generales, intenta comprarla arrepentido de su arrogancia; sin embargo el armero, testarudo, no cede a las pretensiones de éste.
Nuestros tatarabuelos, recordarían tiempo después de este hecho que el Picado, con nobleza bilbilitana, lo último que hizo saber al militar sabiéndose triunfante fue lo siguiente “ Ahora no se lo quiero vender a Usía, ni lo venderé, aunque me diese de oro lo que pesa”. Genio y figura.

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